lunes, 1 de abril de 2024

Feliz cumpleaños hermano Salomón

 

Feliz cumpleaños hermano  Salomón 

 

«¡Qué sátira tan tremenda de los tiempos modernos es ver que la

única aplicación que se da a la soledad sea en calidad de castigo: la

prisión! ¡Qué diferente de las épocas en que, aunque la vida terrenal

fuera mundana, se creía en la soledad del claustro y se la honraba

como lo más elevado, como a la determinación de lo eterno! Ahora

se la aborrece, se la execra y se la emplea tan sólo como pena para

los delincuentes. ¡Qué cambio!

Si se pone a un pez en agua a la que se ha agregado una sustancia

nociva, el pez no puede respirar; así vivo yo en cierto modo. Me han

infectado el aire a mi alrededor. Necesitaba, para descansar de mi

melancolía y de mi enorme labor, estar aislado de la turba. Desespero

de lograrlo. La curiosidad me rodea por todas partes. Recorro cinco millas para llegar a mi amado bosque, en busca de la soledad lejos

los hombres; ¡ay de mí, por todas partes curiosidad! Esos incómodos

hombres son como los insectos que viven a costa de otros».

 

 

Ella lo escuchaba mientras se alejaba con él, al interior de su alma se llamaba María Quadrado y venía desde Salvador a Monte Santo, andando. Arrastraba ya la cruz tres meses y un día. En el camino de gargantas de piedra y caatingas erizadas de cactos, desiertos donde ululaba el viento en remolinos, caseríos que eran una sola calle lodosa y tres palmeras y pantanos pestilentes donde se sumergían las reses para librarse de los murciélagos, María Quadrado había dormido a la intemperie, salvo las raras veces en que algún tabaréu o pastor que la miraban como santa le ofrecían sus refugios. Se había alimentado de pedazos de rapadura que le daban almas caritativas y de frutos silvestres que arrancaba cuando, de tanto ayunar, le crujía el estómago. Al salir de Bahía, decidida a peregrinar hasta el milagroso Calvario de la Sierra de Piquaracá, donde dos kilómetros excavados en los flancos de la montaña y rociados de capillas, en recuerdo de las Estaciones del Señor, conducían hacia la Iglesia de la Santa Cruz de Monte Santo, adonde había prometido llegar a pie en expiación de sus pecados, María Quadrado vestía dos polleras y tenía unas trenzas anudadas con una cinta, una blusa azul y zapatos de cordón. Pero en el camino había regalado sus ropas a los mendigos y los zapatos se los robaron en Palmeira dos Indios. De modo que al divisar Monte Santo, esa madrugada, iba descalza y su vestimenta era un costal de esparto con agujeros para los brazos. Su cabeza, de mechones mal tijereteados y cráneo pelado, recordaba las de los locos del hospital de Salvador. Se había rapado ella misma después de ser violada por cuarta vez. Porque había sido violada cuatro veces desde que comenzó su recorrido: por un alguacil, por un vaquero, por dos cazadores de venados y por un pastor de cabras que la cobijó en su cueva. Las tres primeras veces, mientras la mancillaban, sólo había sentido repugnancia por esas bestias que temblaban encima suyo como atacados del mal de San Vito y había soportado la prueba rogándole a Dios que no la dejaran encinta. Pero la cuarta había sentido un arrebato de piedad por el muchacho encaramado sobre ella, que, después de haberla golpeado para someterla, le balbuceaba palabras tiernas. Para castigarse por esa compasión se había rapado y transformado en algo tan grotesco como los monstruos que exhibía el Circo del Gitano por los pueblos del sertón. Al llegar a la cuesta desde la que vio, al fin, el premio de tanto esfuerzo —el graderío de piedras grises y blancas de la Vía Sacra, serpeando entre los techos cónicos de las capillas, que remataba allá arriba en el Calvario hacia el que cada Semana Santa confluían muchedumbres desde todos los confines de Bahía y, abajo, al pie de la montaña, las casitas de Monte Santo apiñadas en torno a una plaza con dos coposos tamarindos en la que había sombras que se movían — María Quadrado cayó de bruces al suelo y besó la tierra. Allí estaba, rodeado de una llanura de vegetación incipiente, donde pacían rebaños de cabras, el añorado lugar cuyo nombre le había servido de acicate para emprender la travesía y la había ayudado a soportar la fatiga, el hambre, el frío, el calor y los estupros. Besando los maderos que ella misma había clavado, la mujer agradeció a Dios con confusas palabras haberle permitido cumplir la promesa. Y, echándose una vez más la cruz al hombro, trotó hacia Monte Santo como un animal que olfatea, inminente, la presa o la querencia. Entró al pueblo a la hora en que la gente despertaba y a su paso, de puerta a puerta, de ventana a ventana, se fue propagando la curiosidad. Caras divertidas y compadecidas se adelantaban a mirarla —sucia, fea, sufrida, cuadrada — y cuando cruzó la rua dos Santos Passos, erigida sobre el barranco donde se quemaban las basuras y donde hozaban los cerdos del lugar, que era el comienzo de la Vía Sacra, la seguía una multitud de procesión. Comenzó a escalar la montaña de rodillas, rodeada de arrieros que habían descuidado las faenas, de remendones y panaderos, de un enjambre de chiquillos y de beatas arrancadas de la novena del amanecer. Los lugareños, que, al comenzar la ascensión, la consideraban un simple bicho raro, la vieron avanzar penosamente y siempre de rodillas, arrastrando la cruz que debía pesar tanto como ella, negándose a que nadie la ayudara, y la vieron detenerse a rezar en cada una de las veinticuatro capillas y besar con ojos llenos de amor los pies de las imágenes de todas las hornacinas del roquerío, y la vieron resistir horas de horas sin probar bocado ni beber una gota, y, al atardecer, ya la respetaban como a una verdadera santa. María Quadrado llegó a la cumbre —un mundo aparte, donde siempre hacía frío y crecían orquídeas entre las piedras azuladas — y aún tuvo fuerzas para agradecer a Dios su ventura antes de desvanecerse. Muchos vecinos de Monte Santo, cuya hospitalidad proverbial no se había visto mermada por la periódica invasión de peregrinos, ofrecieron posada a María Quadrado. Pero ella se instaló en una gruta, a media Vía Sacra, donde hasta entonces sólo habían dormido pájaros y roedores. Era una oquedad pequeña y de techo tan bajo que ninguna persona podía tenerse en ella de pie, húmeda por las filtraciones que habían cubierto de musgo sus paredes y con un suelo de arenisca que provocaba estornudos. Los vecinos pensaron que ese lugar acabaría en poco tiempo con su moradora. Pero la voluntad que había permitido a María Quadrado andar tres meses arrastrando una cruz le permitió también vivir en ese hueco inhóspito todos los años que estuvo en Monte Santo. La gruta de María Quadrado se convirtió en lugar de devoción y, junto con el Calvario, en el sitio más visitado por los peregrinos. Ella la fue decorando, a lo largo de meses. Fabricó pinturas con esencia de plantas, polvo de minerales y sangre de cochinilla (que usaban los sastres para teñir la ropa). Sobre un fondo azul que sugería el firmamento pintó los elementos de la Pasión de Cristo: los clavos que trituraron sus palmas y empeines; la cruz que cargó y en la que expiró; la corona de espinas que punzó sus sienes; la túnica del martirio; la lanza del centurión que atravesó su carne; el martillo con el que fue clavado; el látigo que lo azotó; la esponja en que bebió la cicuta; los dados con que jugaron a sus pies los impíos y la bolsa en que Judas recibió las monedas de la traición. Pintó también la estrella que guió hasta Belén a los Reyes Magos y a los pastores y un corazón divino atravesado por una espada. E hizo un altar y una alacena donde los penitentes podían prender velas y colgar ex votos. Ella dormía al pie del altar, sobre un jergón. Su devoción y su bondad la hicieron muy querida por los lugareños de Monte Santo, que la adoptaron como si hubiera vivido allí toda su vida. Pronto los niños comenzaron a llamarla madrina y los perros a dejarla entrar a las casas y corrales sin ladrarle. Su vida estaba consagrada a Dios y a servir a los demás. Pasaba horas a la cabecera de los enfermos, humedeciéndoles la frente y rezando por ellos. Ayudaba a las comadronas a atender a las parturientas y cuidaba a los hijos de las vecinas que debían ausentarse. Se comedía a los trajines más difíciles, como ayudar a hacer sus necesidades a los viejos que no podían valerse por sí mismos. Las muchachas casaderas le pedían consejo sobre sus pretendientes y éstos le suplicaban que intercediera ante los padres reacios a autorizar el matrimonio. Reconciliaba a las parejas, y las mujeres a quienes el marido quería golpear por ociosas o matar por adúlteras corrían a refugiarse a su gruta, pues sabían que teniéndola como defensora ningún hombre de Monte Santo se atrevería a hacerles daño. Comía de la caridad, tan poco que siempre le sobraba el alimento que dejaban en su gruta los fieles y cada tarde se la veía repartir algo entre los pobres. Regalaba a éstos la ropa que le regalaban y nadie la vio nunca, en tiempo de seca o de temporal, otra cosa encima que el costal agujereado con el que llegó. Su relación con los misioneros de la Misión de Massacará, que venían a Monte Santo a celebrar oficio en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, no era, sin embargo, efusiva. Ellos estaban siempre llamando la atención sobre la religiosidad mal entendida, la que discurría fuera del control de la Iglesia, y recordando las Piedras Encantadas, en la región de las Flores, en Pernambuco, donde el herético Joáo Ferreira y un grupo de prosélitos habían regado dichas piedras con sangre de decenas de personas (entre ellas, la suya) creyendo que de este modo iban a desencantar al Rey Don Sebastián, quien resucitaría a los sacrificados y los conduciría al cielo. A los misioneros de Massacará María Quadrado les parecía un caso al filo de la desviación. Ella, por su parte, aunque se arrodillaba al paso de los misioneros y les besaba la mano y les pedía la bendición, guardaba cierta distancia hacia ellos; nadie la había visto mantener con esos padres de campanudos hábitos, de largas barbas y habla, a menudo, difícil de entender, las relaciones familiares y directas que la unían a los vecinos. Los misioneros prevenían también, en sus sermones, a los fieles contra los lobos que se metían al corral disfrazados de corderos para comerse al rebaño. Es decir, esos falsos profetas a los que Monte Santo atraía como la miel a las moscas. Aparecían en sus callejuelas vestidos con pieles de cordero como el Bautista o túnicas que imitaban los hábitos, y subían al Calvario y desde allí lanzaban sermones llameantes e incomprensibles. Eran una gran fuente de distracción para el vecindario, ni más ni menos que los contadores de romances o el Gigantón Pedrín, la Mujer Barbuda o el Hombre sin Huesos del Circo del Gitano. Pero María Quadrado ni se acercaba a los racimos que se formaban en torno a los predicadores estrafalarios. Por eso sorprendió a los vecinos ver a María Quadrado aproximarse al cementerio, que un grupo de voluntarios había comenzado a cercar, animados por las exhortaciones de un moreno de largos cabellos y vestimenta morada, que, llegado al pueblo ese día con un grupo entre los que había un ser medio hombre-medio animal, que galopaba, los había recriminado por no tomarse siquiera el trabajo de levantar un muro alrededor de la tierra donde descansaban sus muertos. ¿No debía la muerte, que permitía al hombre verle la cara a Dios, ser venerada? María Quadrado se llegó silenciosamente hasta las personas que recogían piedras y las apilaban en una línea sinuosa, alrededor de las crucecitas requemadas por el sol, y se puso a ayudar. Trabajó hombro a hombro con ellos hasta la caída del sol. Luego, permaneció en la Plaza Matriz, bajo los tamarindos, en el corro que se formó para escuchar al moreno. Aunque mentaba a Dios y decía que era importante, para salvar el alma, destruir la propia voluntad —veneno que inculcaba a cada quien la ilusión de ser un pequeño dios superior a los dioses que lo rodeaban — y sustituirla por la de la Tercera Persona, la que construía, la que obraba, la Hormiga Diligente, y cosas por el estilo, las decía en un lenguaje claro, del que entendían todas las palabras. Su plática, aunque religiosa y profunda, parecía una de esas amenas charlas de sobremesa que celebraban las familias en la calle, tomando la brisa del anochecer. María Quadrado estuvo escuchando al Consejero, hecha un ovillo, sin preguntarle nada, sin apartar los ojos de él. Cuando ya era tarde y los vecinos que quedaban ofrecieron al forastero techo para descansar, ella también —todos se volvieron a mirarla — le propuso con timidez su gruta. Sin dudar, el hombre flaco la siguió montaña arriba. El tiempo que el Consejero permaneció en Monte Santo, dando consejos y trabajando — limpió y restauró todas las capillas de la montaña, construyó un doble muro de piedras para la Vía Sacra — durmió en la gruta de María Quadrado. Después se dijo que no durmió, ni ella tampoco, que pasaban las noches hablando de cosas del espíritu al pie del altarcillo multicolor, y se llegó a decir que él dormía en el jergón y que ella velaba su sueño. El hecho es que María Quadrado no se apartó de él un instante, cargando piedras a su lado en el día y escuchándolo con los ojos muy abiertos en las noches. Pese a ello, todo Monte Santo quedó asombrado cuando se supo, esa mañana, que el Consejero se había marchado del pueblo y que María Quadrado se había ido también entre sus seguidores.

De lo que compartieron María Quadrado y el consejero de Canudos nadie sabe pero todos nos lo imaginamos él le debe haber contado el cuento del Jeque deudor

El jeque Ahmad siempre tenía deudas

Los ricos le prestaban grandes sumas

Que el repartía entre los pobres derviches del mundo

Con los prestamos  el construyo un monasterio sufí

Y Dios siempre le saldaba las deudas convirtiendo arena en harina para su generoso amigo.

El profeta contaba que siempre había dos ángeles 

Orando en el mercado, uno decía: Señor ayuda al pobre vagabundo

 Y el otro: Señor envenena a los miserables 

Especialmente se oye la primera plegaria cuando el vagabundo es un ser pródigo

Como el jeque Ahmad, el jeque deudor

 

Hasta su muerte paso años repartiendo semillas profusamente

Incluso muy cerca de su muerte, con claras señales de muerte

Permaneció  sentado rodeado por sus acreedores 

Los Acreedores formaban un círculo y en el centro estaba el gran jeque

Consumiéndose gentilmente como una vela 

Las caras de los acreedores mostraban tal amargura y preocupación que casi no podían respirar

¡Qué  desesperación sienten estos hombres! Pensó el jeque

¿Es que piensan que Dios no tiene cuatrocientos dinares de oro?

 

Justo en ese momento un chico llamo desde fuera

¡Halvah, un sexto de Dirham la pieza ¡Halvah recién hechos! 

Asintiendo con la cabeza, El jeque Ahmad le indico al fámulo

Que fuera y comprara toda la bandeja de Halvah

“Quizás si todos eso acreedores comen algo dulce no me miraran con tanta amargura”

El sirviente le pregunto al chico  ¿Cuánto quieres por eso montón de Halvah? 

Medio dinar y algo de cambio

No les pidas tanto a los sufíes con medio dinar ya basta 

El chico le entrego la bandeja y el sirviente se la llevó   al jeque,

La cual pasó entre sus invitados acreedores

Por favor comed y sed felices 

La bandeja se vació  rápidamente

 Y el chico le pidió su medio dinar de oro.

¿De dónde voy a sacar tanto dinero? Todos estos hombres te pueden decir

La de deudas que tengo  y además poco me queda para pasar a la no existencia

El chico tiro la bandeja al suelo

Y empezó a llorar y a gritar con fuerza:

¡Ojala  me hubiera roto las piernas antes de entrar aquí!

¡Ojala me hubiera quedado en la casa de baño hoy!

¡Soy unos sufíes glotones y lameplatos que os laváis la cara como los gatos!  

Se formó  todo un corrillo y el chico continuo 

“Oh jeque mi amo me apaleara si regreso sin nada”

Los acreedores se pusieron de su lado: ¿Cómo has podido hacer esto?

Te has tragado nuestras posesiones y ahora  acumulas esta última deuda antes de morirte

¿Por qué?

El jeque cierra los ojos y no responde

El chico sigue llorando hasta la oración de la tarde 

El jeque se retira bajo su cobertor

Satisfecho con todo,

Satisfecho con la eternidad

Satisfecho con la muerte 

Y completamente indiferente a todos los comentario vilependiosos a su alrededor

En una noche  de brillante luna llena ¿Creeís  que la luna, al atravesar la décima casa

Se percata de los perros que ladran aquí abajo?

  Pero los perros hacen lo que se supone que tienen que hacer.

El agua no pierde pureza  porque floten en ellas unas cuantas algas.

El rey bebe vino en la orilla del rio 

Hasta el amanecer, escuchando la música del agua y sin oír 

Hablar las ranas.

El dinero que se le debía al chico no habría representado 

Más que unos cuantos céntimos a cada uno de los acreedores

Pero el poder espiritual del jeque impide que esto suceda

Nadie le da al chico.

 

A la hora de la oración de la tarde aparece un criado con una bandeja

De Hatim, un amigo de Ahmad y hombre de gran fortuna. Una bandeja cubierta

El jeque destapa la bandeja y en ella aparecen cuatrocientos dinares de oro y en una esquina

Otro medio dinar envuelto en papel.

Inmediatamente se oyen los gritos de humillación ¡Oh Jeque entre los Jeques!

Señor de la misericordia perdónanos

Nos hemos comportado como ineptos enloquecidos. Hemos tirado lámparas

¿Hemos…?

 

No pasa nada. No sois responsable de lo que habéis dicho o hecho.

El secreto de la cuestión es que le hice una petición a  Dios y no fue hasta el llanto

Del chico cuando se desato la compasiva generosidad de Dios.

Que el chico sea la pupila de vuestros ojos 

Si queréis  llevar la túnica de la soberanía espiritual 

Permitid que vuestros ojos lloren de anhelo 

 

 

 

Este cuento se lo conto el consejero de Canudos a María para aprehender no para enseñar porque conociéndolo él siempre quería ser traspasado por aquellos que eran sabios y para el María era la más sabia porque sabía clamar a Dios, gemir desde el fondo del abismo y aunque esto él lo sabía hacer o más bien sabia dejar hacer al Espíritu santo dentro de él clamar como un bebe de pecho, el desagarro de María era más profundo, como si María llegara a una nota más alta y es esta nota la que quería provocar, he ahí la ciencia del logos esta ciencia que desde la herida integraba a la voluntad y al espíritu esta ciencia que quería regalar a su hermano Salomón y en el a todos sus hermanos y hermanas.

No sabemos cómo respondió María pero podríamos imaginar que ella le hablo de Salomón y de la reina de Saba:

Los regalos de la reina de Saba a Salomón

La reina de Saba carga cuarenta mulas con lingotes de oro

Como regalo para Salomón.

Cuando su mensajero y su partida alcanza la extensa planicie que conduce al palacio de Salomón

Observan que la capa superior de toda la llanura

Es de oro puro

¡Durante cuarenta días van caminando sobre oro!

¡Qué locura llevarle oro a Salomón cuando hasta el polvo de sus tierras  es de oro!

Tú que estás pensando en ofrecer tu inteligencia reconsidéralo.

La mente es incluso inferior al polvo del camino  

 

La embarazosa  vulgaridad delos que trasportan no sirve más que para retrasarles 

Se enzarzan en discusiones. Discuten si deben regresar pero continúan y cumplen con las Ordenes de su reina.

Salomón se ríe cuando los ve descargar  los lingotes de oro

¿Cuándo os he pedido yo que me traigáis caldo para mi sopa? 

No quiero que me deis regalos, quiero que estéis preparados para los regalos que yo hago.

Vosotros adoráis un planeta que crea oro

En su lugar, adorad a aquel que crea el universo

Adoráis al sol, el sol no es más que un cocinero

Pensad en los eclipses solares ¿Qué pasaría si os atacaran a la media noche?

¿Quién os ayudará entonces?

Las cuestiones astronómicas e desvanecen,

Existe otra relación intima

Un sol a media noche que no distingue entre levante, noche o día

Las inteligencias más deslumbrantes se desvanecen  

Al ver la fluctuación del sistema solar

Tan diminuto,  en medio de ese inmenso resplandor.

 

Las gotas caen se convierte en vapor que explota

Y se transforma en galaxia. Medio rayo descarga en un retazo de oscuridad

Aparece un nuevo sol

Un nuevo gesto alquímico

Y surgen nuevas propiedades saturnales

En el interior del planeta Saturno.

 

El ojo físico necesita de luz para ver

Sírvete de otro ojo

La visión es luminosa 

La vista es ígnea, la luz del fuego solar, muy oscura.

 

Y de pronto El seria Salomón y respondería 

 

“Os envío de  regreso como mensajeros para ella”

Decidle que este rechazo de su presente de oro es mejor que la aceptación

Porque gracias a ello podrá percatarse de lo que nosotros valoramos

Ella adora su trono pero el hecho es que eso le impide atravesar el umbral 

Que la conducirá a una autentica majestuosidad.

 

Decidle que una reverencia con auténtica entrega es más dulce

Que cien imperios, y es en sí, todo un reino 

Errad aturdido como Ibrahim el cual repentinamente lo abandono todo.

En un pozo estrecho las cosas se ven al revés 

De como son. Piedras y objetos metálicos 

Parecen tesoros como lo son unos trozos de cerámica

Para los niños que juegan a comprar y vender.

 

Decidle que José se sentó  en uno de esos pozos 

Y que después se agarró  a la soga que lo elevo

Hacia una nueva comprensión

La alquimia de una vida cambiante es la única verdad.

 

Y ella de hecho encarnaría a Saba cayendo en su biodramaturgia

Amantes de Dios en ocasiones se abre una puerta 

Y un ser humano se convierte en un canal de gracia

En el huerto de la cocina observo distintas plantas

Cada cual con su macizo: Ajos, alcaparras, Azafrán

 Y albahaca. A cada una se la riega de forma distinta para ayudarla a madurar.

Las delicadas se separan de los nabos.

Pero hay lugar para todas en este mundo invisible

Tan vasto que el desierto de Arabia se puede perder en el como un pelo en el mar.

 Imagínate que soy Saba   que intenta decidir si se va con Salomón 

Me dedico a regatear por el herraje

De un asno cuando podría estar sentada junto a un hombre que está

En permanente unión con Dios 

Que posee un hermoso jardín en su interior.

Podría realizar todo un recorrido sin protección

 Alimentarme sin tener que comer, ser una soberana sin necesidad de un trono

Nunca más supeditada a la fortuna podría ser yo la suerte misma

Si despertara del sueño, si dejara de discutir

Como un mercader y aprendiera que tu propia esencia es tu riqueza.

 

El Trono de Saba

 

Cuando la reina de Saba se fue con Salomón

Dejo atrás su reino y toda su fortuna

Al igual que los amantes se desprenden de su reputación

Sus sirvientes ya no eran nada para ella peor que cebollas podridas.

 

Sus palacios y campos de cultivo, meros cúmulos de estiércol

Escuchó el significado interno de ¡La! ¡No!

Al irse con Salomón no se llevó nada más que su trono

Al igual que el lápiz se convierte en amigo del escritor

Al igual que la herramienta que el obrero utiliza 

Día tras día se convierte en algo profundamente familiar

Su trono afiligranado constituía su única atadura 

Os podría dar más explicaciones sobre este fenómeno

Pero me extendería demasiado

El trono era muy grande y difícil de transportar

Porque no se podía desmontar al estar tan astutamente ensamblado como el cuerpo humano

Salomón se percató  de que Saba le había abierto su corazón

Y de que pronto dicho trono constituiría   para ella algo repugnante   

 “Que se lo traiga” dijo el “ Le acabare dando una lección como chaqueta y zapatos viejos lo fueron para ayaz. Podrá  contemplar ese trono y darse cuenta de todo lo que ha avanzado”

 

 De la misma forma Dios mantiene ante nosotros el proceso de generación

La suave piel y el semen y el embrión en desarrollo.

Cando ves una perla en el fondo

 Metes la mano entre la espuma y los palos rotos de la superficie.

Cuando sale el sol ya no piensas en localizar la constelación de Escorpio.

Cuando ves el esplendor de la unión 

Las atracciones de la dualidad te parecen conmovedoras y encantadoras

Pero mucho menos interesantes.

La corona torcida de Salomón 

 

Salomón estaba ocupado actuando de juez de las gentes 

Pero eran sus pensamientos personales

Los que estaban trastornando al pueblo

Su corona resbalo y se le quedo torcida

Él se la puso recta, pero su corona se volvió a torcer

Esto sucedió ocho veces

Al final empezó a hablarle a su regia joya

¿Por qué te tuerces y te me caes sobre los ojos?

Me veo obligada a ello cuando ejerces tu poder sin compasión 

Debo mostrarte el aspecto de dicha condición 

De inmediato Salomón se percató  de aquella  verdad

Se puso de rodillas y pidió perdón a Dios

La corona entonces, se le quedo centrada en la coronilla

Cuando algo vaya mal acúsate primero a ti mismo

Incluso la sabiduría de Platón a Salomón puede tambalearse y quedarse ciega.

 

Presta atención cuando tu corona te recuerde

Lo que te hace adoptar frialdad ante los demás

Al mimar esta energía avariciosa en tu interior.

 

La mezquita lejana

El lugar que Salomón  construyo para su culto

Llamado la mezquita lejana no está  hecha de tierra ni agua ni piedras

Sino de intenciones, sabiduría, diálogos místicos, y actos piadosos.

  Cada una de sus partes es inteligencia y responde a las demás.

La alfombra se inclina ante la escoba,

La aldaba y la puerta se balancean  juntas como los músicos.

Este santuario del corazón existe en efecto 

Pero es indescriptible ¡Para que intentarlo!

Ahí se desplaza Salomón cada mañana y da consejo

Mediante palabras, armonías musicales y acciones,

Las cuales constituyen la enseñanza más profunda.

Un príncipe no es más que un engreído hasta que realiza algo con generosidad.

Una delegación de las aves vino a quejarse con Salomón   

¿Cómo es que nunca criticas al ruiseñor?

Porque el método del Ruiseñor es muy distinto  ustedes 

El canta de mediados  marzo a  mediados  de Junio

Durante los otros meses, mientras vosotros seguís gorjeando

El guarda silencio.    




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